Cerca del 40% de las pequeñas empresas no logra reabrir después de un desastre, según datos de FEMA recogidos por organismos gubernamentales de Estados Unidos.
SACS Group advierte que un simulacro debería evaluar cinco capacidades clave: detección y alerta, toma de decisiones, capacidad operativa, coordinación y continuidad y recuperación.
El próximo 21 de octubre, empresas y entidades de todo el país pondrán a prueba su capacidad de respuesta durante el Simulacro Nacional de Respuesta a Emergencias 2026. El ejercicio cobra especial relevancia frente al impacto que puede tener una emergencia sobre la continuidad de una organización: cerca del 40 % de las pequeñas empresas no logra reabrir después de un desastre, de acuerdo con datos de FEMA recogidos por organismos gubernamentales de Estados Unidos, una señal de que estar preparado implica mucho más que evacuar rápidamente.
- Cerca del 40% de las pequeñas empresas no logra reabrir después de un desastre, según datos de FEMA recogidos por organismos gubernamentales de Estados Unidos.
- SACS Group advierte que un simulacro debería evaluar cinco capacidades clave: detección y alerta, toma de decisiones, capacidad operativa, coordinación y continuidad y recuperación.
Una emergencia real puede exigir tomar decisiones bajo presión, responder sin los canales habituales de comunicación, atender personas lesionadas, proteger infraestructura crítica y mantener procesos indispensables. Por eso, el reto para las organizaciones será identificar qué ocurriría si alguna de las condiciones previstas en sus protocolos deja de funcionar y qué capacidad tienen para responder cuando el escenario cambia.
“Un buen resultado no debería medirse solamente por cuánto tardamos en evacuar. Una organización puede lograr un excelente tiempo y, aun así, descubrir que no tiene claridad sobre quién toma una decisión crítica, qué hacer si falla un canal de comunicación o cómo continuar una operación esencial. El simulacro debe permitirnos encontrar esas brechas antes de enfrentarlas en una emergencia real”, afirma Carolina López Pérez, gerente técnica para Latinoamérica de SACS Group.
Para SACS Group, una prueba empresarial debería recorrer la cadena completa de respuesta, desde la detección de la amenaza hasta la estabilización del evento y la recuperación. Para ello, propone evaluar cinco dimensiones: detección y alerta, toma de decisiones, capacidad operativa, coordinación y continuidad y recuperación. Esto permite observar cuánto tarda la organización en identificar lo que sucede, activar su estructura de respuesta, establecer quién dirige la emergencia, movilizar recursos y proteger sus funciones críticas.
El ejercicio también debería incorporar situaciones que se acerquen a las condiciones de una emergencia real. ¿Qué ocurre si el responsable de una decisión no está disponible?, ¿si falla la comunicación interna?, ¿si uno de los accesos queda bloqueado? o ¿si un recurso crítico deja de funcionar? Introducir estas variables de manera controlada y segura permite evaluar la capacidad de adaptación y no únicamente el cumplimiento de un procedimiento previamente conocido.
“Las emergencias no siguen un libreto. Por eso, un ejercicio en el que todos saben exactamente qué va a ocurrir puede demostrar que las personas conocen el procedimiento, pero no necesariamente que la organización sabe responder ante lo inesperado. Introducir incertidumbre permite observar cómo se toman decisiones, cómo se reorganizan los recursos y qué tan sólida es realmente la coordinación”, explica López Pérez.
La evaluación tampoco debería terminar cuando ingresa la última persona al punto de encuentro. Después del ejercicio, las empresas pueden contrastar la capacidad que esperaban tener frente al desempeño observado. Tiempos de detección y activación, disponibilidad de recursos críticos, cumplimiento de responsabilidades, efectividad de las comunicaciones y capacidad de recuperación ofrecen una lectura más completa que el tiempo de evacuación por sí solo.
Hay, además, una pregunta que puede resultar determinante: ¿las fallas detectadas en el simulacro anterior fueron corregidas y funcionaron mejor esta vez? Si los mismos problemas aparecen ejercicio tras ejercicio, la organización puede estar cumpliendo con la actividad sin fortalecer realmente su capacidad de respuesta.
“El simulacro no termina cuando finaliza el ejercicio. Termina cuando los hallazgos se convierten en acciones, tienen un responsable y una fecha de cierre, y posteriormente comprobamos que la solución funcionó. El objetivo no debería ser lograr un simulacro perfecto, sino descubrir de manera controlada aquello que podría fallar y corregirlo antes de una emergencia real”, concluye Carolina López Pérez.

