EL LECTOR FINGE Y SIGUE LEYENDO

Una estrategia que muchos escritores utilizan en sus obras literarias consiste en crear un mundo dentro de la ficción, tan creíble que el lector puede llegar a aceptarlo como real; sin embargo, con el tiempo aprenderá a desconfiar de cada palabra que la literatura le presenta.

POR JACOBO VIVEROS GRANJA[1]

FOTOS STEPHANIE RUEDA VELASCO / MARGARITA KOCHNEVA PIXABAY

 No sé si lo que a continuación diré es aún desconocido, o si puede ser una sorpresa o escándalo que en algunos académicos dure la extensión de este artículo. Una diferencia entre el texto literario y el texto académico podría ser que este último se debe ceñir a la “verdad” de las fuentes consultadas, es decir, yo leo una cantidad de libros, de revistas, entrevisto a expertos, observo documentales, y toda información que me interese la cito entre comillas, la menciono detalladamente en la bibliografía y la reconozco igualmente “dentro” del texto, donde registro los datos necesarios para que el lector interesado busque el material que yo he mencionado en mi artículo, tesis, monografía o ensayo.

Pero cuando escribimos un texto literario (entendamos por este concepto un cuento, una novela, un poema o una obra de teatro), yo puedo inventar una cita y adjudicársela a un autor real; por ejemplo, imaginen que están leyendo un cuento y de repente un personaje afirma lo siguiente: “Muy bien lo dijo Aristóteles: ‘el tiempo es sustancia de un sueño’”. En el anterior caso, el filósofo existe pero nunca escribió lo que aparece entre comillas.

Puedo también inventar una cita y a un autor de este modo, imaginemos ahora que estamos leyendo una novela y el narrador nos dice: “‘correr entre la gente es demorar el tiempo’; afirmó Luigi de Psalmy”. Ni la cita existe ni el escritor tampoco. A veces ocurre ante este segundo caso, que ciertos lectores convencidos de lo que leen van a buscar los libros de Luigi de Psalmy, sin encontrarlos nunca. A propósito de esto, hay un texto titulado “Examen de la obra de Herbert Quain”, y si uno llega sin prevención a su lectura, se entera de la existencia de un escritor llamado Herbert Quain, descubre que el Times y el Spectator han hablado de su muerte, se dan a conocer los títulos de sus obras literarias, se citan palabras del escritor y hasta se describe en detalle alguna de sus creaciones, ayudándose de un esquema para que el lector entienda la compleja novela que compuso este escritor.

Finalmente se nos da un resumen sobre lo que trata la comedia The Secret Mirror, y el autor de este texto que estamos leyendo nos confiesa que Quain le dio la idea para uno de sus cuentos. La forma cómo se presenta este escrito parece según algunos un ensayo, o quizás una reseña. Ciertas personas cuando leyeron por primera vez “Examen de la obra de Herbert Quain” fueron a las librerías o preguntaron si tenían a la venta uno de sus libros, pero hay algo en ese caso que se pasó por alto, y es que dicho escrito era un cuento, Quain era solo un personaje, y los libros que allí se describían, eran parte de la invención de la historia.

A lo anterior, podemos añadir lo siguiente: es posible mencionar otra situación en la que un escritor puede inventar dentro de un texto literario, de manera minuciosa, una cantidad de detalles con el fin de brindar una gran información. Este es el ejemplo, volvamos a la situación imaginaria en donde estamos leyendo un cuento, allí encontramos esto: “José tomó el volumen IV del libro titulado Indagaciones, del filósofo irlandés Erick McDowall, quien en 1925 escribió: ‘No hay mediciones para el espacio, tampoco para el infinito’, cerró la página 1115 y continuó comiendo”. Nada en ese fragmento es real, todo ha sido inventado. Pero observen que se está entregando la información con gran exactitud: nombre del autor, número de la página, volumen, título del libro, año de publicación y un fragmento del escrito.

Ya que en el “mundo académico” nos piden que respaldemos todo en figuras de autoridad (es decir, autores, que con el paso del tiempo, por el simple hecho de nombrarlos ya generan respeto debido a la influencia que su pensamiento ha logrado en cierta área), habremos de recordar a Cervantes, quien en un momento de su novela atribuye que lo que leemos es la traducción de unos papeles que compró e hizo traducir. Esos documentos pertenecieron a Cide Hamete Benengeli (lo cual ningún lector debe tomarlo como cierto, sino que es una revelación que Cervantes inventa dentro de su obra de ficción).

Por su parte Umberto Eco al comenzar la novela El nombre de la rosa, donde uno de los protagonistas es Adso de Melk, nos cuenta que el 16 de agosto del año 1968 encontró un libro del abate Vallet, el cual era “copia fiel de un manuscrito del siglo XIV”. Dicho texto era el manuscrito de Dom Adso de Melk. Un lector puede caer en la trampa y buscar los textos antiguos que Eco inventa en medio de datos reales y hasta sospechar que la novela es una traducción del libro de Vallet.

Caer en aquellas trampas puestas por ciertos escritores no es algo vergonzoso, con el tiempo, el lector adquirirá mayor desconfianza ante la información que un texto literario le está revelando. Un buen ejercicio para dejar de ser lectores crédulos ante una obra literaria, consiste en leer cuentos policiales clásicos, en donde la solución se suele dar desde el inicio de la historia pero uno lo entiende casi al terminar la lectura, valdría la pena conocer “La carta robada” de Allan Poe para confirmar esta recomendación.

Para acercarnos al final de este escrito, recordemos al escritor noruego Jostein Gaarder, quien nos permite añadir otro caso de cómo en la literatura se puede “jugar” con la credibilidad de nosotros los lectores, su libro Vita brevis empieza con un prólogo donde habla el autor (como lo hizo Umberto Eco en la novela antes mencionada), recuerda que en Buenos Aires encontró unos manuscritos, la caja que los contenía llevaba una etiqueta que decía: Codex Floriae, era una carta que Floria le escribía a San Agustín, estaba en latín y Gaarder adquirió este documento y hasta lo llevó al Vaticano. El libro que leemos se presenta como la traducción de ese hallazgo. Muchos recordarán que Vita brevis es una novela, su autor inventó lo que acabo de mencionarles.

Querría hacer una aclaración que seguramente no es necesaria para muchos pero que en literatura se debe tener en cuenta: hay una diferencia entre verosimilitud y verdad. Se dice que la Historia cuenta lo que sucedió, es decir, la verdad (aunque esto varios lo han desmentido); mientras el arte construye en su narración lo que pudo haber ocurrido. En otras palabras, el arte maneja la verosimilitud, se apropia de los recursos de persuasión o retóricos del lenguaje, asimila formatos concebidos como académicos, y dentro de ellos inventa un texto de ficción, y es por esto que muchos lectores pueden leer un texto narrativo creyendo que es una reseña, un ensayo, una biografía y dar por cierta esa información. Esto no es propio de la literatura, he visto varios trabajos audiovisuales de directores famosos, que se presentan como un documental por su narración, por el tipo de imagen y otros códigos. Creemos en la información que nos transmiten, y con el tiempo descubrimos que era ficción nuevamente. Los ejemplos a manera de prueba pueden continuar, pero ya es algo que ustedes deben seguir indagando, verifiquen si el libro de Max Aub titulado Jusep Torres Campalans también sirve a los casos que he mencionado.

Uno de ustedes quizás me diga: “pero si esto que usted expone, lo hago en un artículo para ser publicado en una revista científica o de alguna universidad, me podrían amonestar, o llamarme la atención por haber sido deshonesto, o por haber querido engañar a los que aprueban las publicaciones, y hasta por faltar a las reglas de la ética”, a esta objeción, les diría que tienen razón; por ello no olviden que lo que se ha expuesto hoy, solamente es posible cuando escriben un texto literario, en donde los lectores hacen un pacto, fingen aceptar que todo en ese escrito es real, así ingresan en el pacto de ficción.

Sé que aunque un autor me advierta que la novela que a continuación leeré, no es más que la traducción de un texto que halló en una librería de segunda de Buenos Aires en determinado año, yo fingiré creerle y entraré en el juego, y no por ello sentiré que me ha mentido (no recuerdo si ficción y fingir se conectan). Lo curioso es que aunque con el tiempo sospechemos que el escritor está recurriendo a estas estrategias, algo en nosotros nos dice que tal vez en esta ocasión sí sea cierto, e insistamos en buscar en las librerías o por Internet a ese autor o libro que podría ser imaginario.

[1] Escritor y profesor universitario

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