Quisqueya: Aquí comenzó nuestra historia caribeña

Quisqueya: Aquí comenzó nuestra historia caribeña

Los más modernos y confortables cruceros para turistas ofrecen el atractivo de los mejores viajes itinerantes por el Caribe. Ellos arriban a Puerto Plata, cercano a La Isabela, donde se erigió la primera ciudadela, Punta Cana, Haina en Santo Domingo, y ahora llegan a Barahona, Cabo Rojo y Pedernales. Venden la promesa de las mejores playas con las aguas turquesas que han hecho famosa a Quisqueya, la isla bella.

POR LUIS BENJAMÍN CEDIEL GUZMÁN

FOTO JUAN CARLOS GUERRERO BELTRÁN

LOCACIÓN OSCAR SERNA PELUQUERÍA

Ahora en los puertos desarrollados en Barahona, Cabo Rojo y Pedernales, se dan a conocer las playas del sur de arena coralina y aguas casi tan cristalinas como las de los ríos que bajan de las montañas para desembocar en uno de los reservorios mejor conservados de toda la cuenca del Caribe. Las islas de Alto Velo y Beata preceden las playas del Parque Nacional Juragua con su secuencia de espléndidas playas: Playa Blanca, Playa Larga, Anse a Deguelt (tema para Morir en Deguelt), Dijilí. El Águila Dorada, Bahía de las Águilas, Cabo Rojo (con su puerto nuevo para cruceros) y Bucanye, terminando en Pedernales. Una sucesión interminable de playas, caletas y ensenadas de ensueño abiertas a los turistas que buscan lo mejor de la naturaleza, libres de la congestión de los destinos tradicionales del Caribe y quienes son recibidos por el calor tan especial de las gentes dominicanas. Como si fuera poco, cuentan con el telón de fondo de sus montañas con verdor sin par, que ofrecen toda la escala de pisos térmicos únicas del Caribe, con gran variedad de flora y fauna.

Para la República Dominicana una cosa es la primera impresión de los turistas de avión y crucero en este promisorio s. XXI, y otra, la sensación que entró por los ojos de Colón, y quienes lo acompañaron con los colonizadores a su arribo a estas apartadas regiones de Dios.

¡Tierra! ¡Tierra! ¡Tierra!… fue la voz que gritara desde la cofa de la carabela “Pinta” el vigía de turno, en aquella madrugada del día viernes 12 de octubre de 1492, al avistar el primer punto de estas tierras. “[…] Andarían doze millas cada ora, y hasta dos oras después de la media noche y andarían 90 millas que son 22 leguas y media. Y porque la carabela Pinta era más velera e iva delante del Almirante, halló tierra y hizo las señales que el Almirante avía mandado. Esta tierra vido primero un marinero que se dezía Rodrigo de Triana […]” (sic). Esto fue lo que nos habían enseñado por años, pero fue Juan Rodríguez de Bermejo el nombre preciso de quien realmente avistó tierra en aquella madrugada y, por lo tanto, el ganador del jubón violáceo ofrecido por el Almirante, y no aquel de Triana, mencionado por tantos años como tal en las escuelas.

Los pájaros avistados regresando a sus nidales en la tarde anterior confirmaron sus señas de augurio. Se ordena dar un bombardazo para anunciar a las otras naos. Todos se agolpan impacientes por el bordo adivinando aquella mancha oscura que ven emerger de la bruma lejana a no más de dos leguas. En la medida que sus ojos advierten las sombras grises de su vegetación estallan en gritos de alegría. Mil bendiciones debieron darse en sus adentros el Almirante y quienes estuvieron siempre de su lado. Solo Dios sabe qué suerte de pensamientos cruzaron por su mente, recordando aquel instante memorable cuando un conato de motín estuvo a punto de arruinar aquella expedición.

“[…] Amainaron todas las velas, y quedaron con el treo, que es la vela grande, sin bonetes y pusiéronse a la corda, hasta el día viernes que llegaron a una isleta de los lucayos, que se llamava en lengua de indios Guanahaní… […] Luego vieron gente desnuda, y el Almirante salió a tierra en la barca armada y Martín Alonso Pinçon y Vicente Anes, su hermano, que era capitán de la Niña. Sacó el Almirante la bandera real y los capitanes con dos banderas de la Cruz Verde, con una F (de Fernando) y una I (de Isabel), encima de cada letra su corona, una de un cabo de la cruz y otra, del otro cabo. Puestos en tierra vieron árboles muy verdes y aguas muchas y frutas de diversas maneras. El Almirante llamó a los dos capitanes y a los demás que saltaron en tierra, y a Rodrigo d’ Escobedo escivano de toda la armada, y a Rodrigo Sánchez de Segovia, y dixo que le diesen por fe y testimonio cómo él por ante todos tomava, como de hecho tomó posesión de aquella isla por el Rey e por la Reina, sus señores, haciendo las protestaciones que se requirían, como más largo se contiene en los testimonios que allí se hizieron por escripto. Luego se ayuntó allí mucha gente de la isla […]”(sic) La marinería estaba tan emocionada que no quedó anotación alguna en el Diario para celebrar aquel grandioso día y lo que se tiene son comentarios de las anotaciones del fray Bartolomé de las Casas, hasta el día 14, en que se vuelve a anotar en el Libro del Diario de Escobedo y el del Almirante.

Colón cubrió una ardua travesía que incluyó un conato de motín ante el riesgo de la falta de bastimentos y agua para poder cubrir su regreso. Si hubiera atendido las estimaciones de Martín Behaim y las cartas tolomeicas, seguramente no se hubiera atrevido a zarpar con casi la mitad de las vituallas requeridas. Eso sí, Colón demostró ser el piloto más competente para el momento.

Los castellanos están familiarizados con las playas de las islas Baleares – Mallorca, Menorca, Ibiza y Formentera-, y con las del resto del Mediterráneo, pero estas los deslumbran y sorprenden por la densidad y verdor de su vegetación desconocida, la transparencia generosa de sus aguas y la profusión de alondras, alcatraces, pelícanos, gaviotas y pájaros multicolores.

Ellos desembarcaron en algún punto de las islas Lucayas o Bahamas aquel 12 de octubre de 1492, luego de atravesar el collar que separa el Mar de los Caribes del Mar Océano de los Atlantes. Hasta hoy no se ha determinado el sitio exacto donde pudieron arribar y recalar en aquella distante mañana de aquel 12 de octubre, pero los investigadores consideran como más probable que sea un Cayo donde se da el primer encuentro con sus nativos. Los colombinos lo bautizaron en un inicio como San Salvador, y es posible que sea la que se corresponda con la que los ingleses rebautizaron como Watling Island. Se estima que estas islas fueron habitadas por los pacíficos nativos tainos a partir del año 600 a.C..  Una vez repuestos, fueron guiados por ellos hacia aquella isla mayor que llaman Guanahaní o Quisqueya.

En Quisqueya bajaron un batel, desembarcaron y fraternizan con los nativos, de quienes, por su aspecto y vestimenta, deducen estén más bien en dominios del Gran Khan, o bien al sur por Malaca que en la China o Zipango. Pero advierten que en propiedad no son indios ni malayos pues en su atavío no lucen aquella pieza enroscada que hace de calzón, tampoco usan largo sayal o túnica blanca ni turbantes en sus cabezas; no asoman sedas de China ni brocados de India que lucen sus mandarines y marajás, que muy bien conocen de ellos. Aquí sus jefes lucen de forma austera rayana en pobreza. ¡Pero lucen oro! Y ellos han venido a buscar el mismo oro que los lusos ya han encontrado al doblar en el golfo de la Guinea. El mismo oro de árabes y saharíes.

Este codiciado metal siempre ha sido motivo de codicia y guerra entre sus pueblos y significará el inicio de la tragedia para los aborígenes de estas regiones de poniente. Es lo que los obsesiona por ser su ofrecimiento para el reino. En La Hispaniola y en algunas islas lo llaman “nucay” y en otras, “caona”. Los nativos lo lucen pero no le dan mayor importancia o valor comparativo alguno, como al resto de aderezos con los que adornan sus cuerpos. Los hispanos les cambian sus narigueras y collares por cascabeles, cuentas de vidrio y banalidades que ellos entregan con ingenuidad de niños.

En el sitio donde arriban, que ellos bautizan como La Isabela, los atienden como a personajes que esperaban y los prodigan con toda suerte de atenciones. Ofrecen platos como el manso manatí o vaca marina y resulta ser tan buena su carne, que Colón ordena salar para llevar al rey como un manjar exquisito a presentar. Igualmente los atienden con frutos de mar, tortugas y otras terrestres más pequeñas. Algunos peces que son cocidos junto con vegetales, y otros los salan, secan y cocinan sobre barbacoas al bucán, con leños escogidos para su mejor sabor, lo cual permite conservarlo por muchos días. Igual lo hacen con otras carnes, no menos gustosas, freídas en grasa animal que obtienen del cerdo salvaje, asadas o igualmente cocidas al bucán, como la cola del caimán y animales menores. Igual consumen una cierta variedad de insectos y larvas.  Fuera de esos escualos que llaman tiburón en el mar no encuentran fieras en tierra como en África, India ni conocen las que les describen de esas tierras. Todo lo sirven sobre hojas. Ellos no emplean mesas ni sillas. No conocen la loza ni la porcelana. Todo les resulta ser confuso y extraño.

Los maravilla tanto vegetal novedoso y frutas suculentas que siembran con esmero en sus muy bien cuidadas eras: el maíz está a la cabeza, y obtienen gran variedad de comidas entre sopas, tortillas, bollos, envueltos, y una bebida altamente espirituosa. Siguen los “mames”, que describen como “çanahorias que tienen sabor de castañas” -no distinguen todavía entre ñame, ajes y batatas-. En La Isabela hacen referencia de su pan nativo o “caçabi” o “cazabi” (casabe), más parecido a la galleta, que obtienen de la mandioca o yuca, de una gran duración, y que aderezan con maní o cacahuate (un poroto nativo del Perú), y jaleas de frutas que llaman naiboa. Todo aquello hizo un recorrido a partir del Orinoco por todo el Golfo hasta llegar a Méjico y todas estas islas, como ocurrió igual con la vainilla. Les ofrecen y se deleitan con el cocimiento de la nuez bermeja del cacao que dicen es saludable y que la ofrecen saborizando agua; esto sin prepararlo molido y cocido, tal como lo conocerán en Tenochtitlán. Pero hasta ahora ni seña de las especias propias de India.

En todas las islas los obsequian con algodón hilado en ovillos que tienen en gran estima, que es inconfundible de la India, y este es de color marrón. A ciencia cierta no hacen referencia si se trata realmente de algodón blanco, igual al de India, con el que una vez hilado tejen telas, ropas, mantillas, redes, bolsos, cobertores, cabos… y de este, su fibra proviene del capullo que protege las semillas de la ceiba tolúa o balsa, que igualmente puede ser hilado y con el cual tejen sus prendas de vestir, y las interesantes hamacas en las que descansan, se solazan y duermen en vez de yacer en lechos y camas. Sus principales los reciben acomodados en ellas y es novedad interesante de llevar a bordo para dormir en vez de yacer sobre el tablado duro y húmedo de sus naos. En casi todas sus covachas hay unos perros que no ladran y engordan con pescado para comerlos.

Allá, aunque ya habían visto el tabaco, fueron obsequiados en Santa María de la Concepción, y cuentan que: “Hallaron los dos cristianos por el camino mucha gente que atravesaba sus pueblos, mujeres y hombres, con un tizón en la mano; yervas para tomar sus sahumerios que acostumbraban”. Fray Bartolomé de Las Casas lo define mejor en su “Historia de las Indias”: “Siempre los hombres con un tizón en las manos… unas hojas secas metidas en una hoja seca también, y encendido, por una parte, por la otra lo chupan o sorben o reciben con el resuello para adentro de aquel humo con el cual se adormecen las carnes y cuasi emborracha, y así dizque no sienten cansancio. Estos mosquetes llaman ellos tabaco… no sé qué sabor o provecho sacan en ello”. Este tabaco tampoco lo conocen usado entre las gentes de Asia y es llevado Europa.

Impresiona el porte de los nativos tal como los describe el Almirante: “[…] … Ellos andaban todos desnudos como su madre los parió, y también sus mujeres, aunque no vide una de farto moça, y todos los que yo vi eran todos mançebos, que ninguno vide de edad de más de XXX años, muy bien hechos, de muy fermosos cuerpos y muy buenas caras, los cabellos gruesos como sedas de colas de cavallos e cortos […] ellos son del color de los canarios, ni negros ni blancos […] (el autor importa las dos frases siguientes del mismo párrafo para completar el sentido de la descripción) […] Yo vide algunos d’ellos que tenían señales de feridas en sus cuerpos, y le hice señas qué era aquello, y ellos me mostraron cómo allí venía gente de otras islas que estaban açerca y les querían tomar y se defendían. Y yo creí e creo que aquí vienen de tierra firme a tomarlos por captivos (no aciertan a imputar de ello a alguna tribu) […] Ellos no traen armas ni las cognosçen, porque les mostré espadas y las tomavan por el filo y se cortavan con ignorancia. No tiene algún fierro sus azagayas son unas varas sin fierro; y algunas d’ ellas tienen al cabo un diente de peçe, y otras de otras cosas […]”. Ellos no conocían las artes del “fierro” aunque demostraban maestría en la orfebrería del oro que fundían o aplastaban y figuraban ayudándose con herramientas ingeniosas.

Familiarizados con las gentes quienes los han recibido con generosidad viene el dar inicio a las primeras navegaciones para comenzar a conocer este territorio que se les abre sorprendente, y a partir del mismo tratar de llegar a los reinos a los que se han propuesto arribar en busca de las especias y el oro que han prometido a los reyes de Castilla.

*Apartes tomados de la obra “La mayor gloria de España está en los mares” cuyo autor es Luis B. Cediel Guzmán, y que cuenta con el Registro de Autor DNDA del Ministerio del Interior de la República de Colombia, Radicado de entrada 1-2018-42256, Libro 10-717-469 de 28.05.18. 

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