Para muchos autores, el momento más difícil de un escritor es sentarse frente a la hoja de papel, ya sea en la máquina de escribir o en la pantalla del computador y comenzar a trabajar un texto, que en principio se encuentra reacio dentro de la imaginación creativa.

Por: Joaquín Reyes Posada
Fotos: Archivo personal y Pixabay
Ese es el instante más difícil. So pena de forzar la inspiración, la única alternativa para quien está en semejante reto, es comenzar a escribir o de lo contrario posponer la tarea hasta cuando surja un instante fugaz, una explosión de ideas que no hay que dejar escapar. Sucede que repentinamente despierta con un tema de interés editorial y entonces, se levanta a la hora que sea y escribe lo primero que se le ocurre, no importa es material de trabajo susceptible de revisión, para aplicarle los ajustes posteriores hasta conquistar el acabado de un artículo que se inició en un sueño y no podía ni debía ser inútilmente aplazado. Superado el escollo, da origen a una importante obra literaria.
Gabriel García Márquez, nuestro Premio Nobel de Literatura, dijo en innumerables ocasiones que el acto de empezar a escribir es encontrar la primera palabra, la primera frase y el más costoso primer párrafo llamado el lead, que a todas luces es “el momento más difícil y angustioso de la creación literaria”. “Pasar meses en ese inicio definía el tono, el estilo y todos los problemas del texto”. Palabras textuales convertidas en sentencia que sólo la experiencia y el trabajo diario puede superar en pro del oficio de escritor. “La angustia del arranque”, dijo a modo de enseñanza, “la hoja en blanco provocaba un miedo horroroso, comparable solo con la claustrofobia”.

En cuanto al primer párrafo, confesó en varias entrevistas que para llegar a él tardaba a veces un tiempo considerable, incluso meses en ese camino, recorrer la escritura del texto con errores y aciertos, ir ajustándolo hasta que lograba resolverlo en la unidad de estilo deseada para que el resto fluyera como el agua de una quebrada.
Una vez superado ese escollo, los escritores se deben a sus lectores entregándoles productos editoriales con calidad y periodicidad, este último ingrediente los mantiene activos y vigentes. Cuando sucede lo contrario están llamados al olvido, porque la disciplina y la constancia son valores que no se deben quebrantar. Pienso que los autores profesionales tienen eso en cuenta y por eso son famosos y estimados por sus lectores, firmes por la cultura.
Muchos otros autores de renombre también sienten temor de enfrentar la página en blanco antes de iniciar una obra, entre ellos Clarice Lispector. “Tengo miedo de escribir. Es tan peligroso. Quien lo ha intentado lo sabe. Peligro de hurgar en lo que está oculto, pues el mundo no está en la superficie, está oculto en sus raíces sumergidas en las profundidades del mar”.
También están en la lista Virginia Woolf, Marcell Proust, que confesaron de manera clara sentir un profundo pánico e impotencia a comenzar, trazar la primera línea, las palabras iniciales que marcarían el rumbo del resto de sus obras escritas. Julio Cortázar uno más de los asustados escritores. El novelista y cuentista argentino en una oportunidad, confesó que cada día perdía más confianza en sí mismo, para él el acto creativo era según sus propias palabras “un salto al vacío dominado por una fuerza ciega, aunque una vez que la inspiración llegaba, escribía de un solo tirón y sin vacilación”.

De la novela Araminta escrita por mi querido pariente Tomás Carrasquilla Posada, extraje este valioso texto ilustrativo de cómo el escritor se enfrenta a la página en blanco, su temor a poner en marcha el tren de una historia. “Un título y debajo una página en blanco mientras yo, de frente y callado, soporto el pretencioso desafío de su color genuino, níveo, que me grita: “¡atrévete! A que no eres capaz de estamparme, aunque sea una mísera letra. Como vas a serlo, si con verme te engarrotas del físico culillo, “¡cobarde!”, me dice. La aborrezco, aunque admito que así son las páginas en blanco”.

Para superar el miedo a escribir, muchos autores coinciden en que es necesario lanzarse al agua de las argumentaciones, contar con un diario donde consignar modelos de redacción, la arquitectura inicial de lo que llegará a ser un libro famoso, libre de juicios de valor. Escribir sobre lo que cada autor desee, a cualquier hora, hacerlo varias veces al día para mantener el ritmo. No hay otro camino diferente a escribir, escribir y escribir, la mejor escuela de aprendizaje posible.

