INSURRECCIÓN O LIBERTAD DE EXPRESIÓN

INSURRECCIÓN O LIBERTAD DE EXPRESIÓN

La toma del Capitolio en Washington D.C., el pasado 6 de enero de 2021, será recordada no solo por los norteamericanos sino por el mundo, como el mayor acontecimiento social y político de la democracia estadounidense en los últimos 80 años, por desafiar el poder del establecimiento estatal y gubernamental al tratar de impedir la sucesión presidencial, según informaciones de voceros de los partidos, medios de comunicación y redes sociales.

Dr. Miguel Rujana Osorio
Director de Investigación
Unisinú Bogotá

POR DR. MIGUEL RUJANA QUINTERO

Director de Investigaciones

Universidad del Sinú – Extensión Bogotá.

Comparable con los movimientos por los derechos civiles ocurridos en los E.U. entre 1955 y 1968, que terminaron con el asesinato del pastor bautista Martin Luther King Jr., y con los movimientos por el Black Lives Matter a causa de la muerte del afroamericano George Floyd en mayo de 2020. En todos hubo confrontaciones entre la fuerza pública y los manifestantes; saqueos, pillajes, vandalismo. El telón de fondo, el racismo estructural y el supremacismo blanco. La diferencia de esos movimientos con el del 6 de enero es el pánico mundial que este causó al permitir pensar que el Congreso de los E. U. desconocería los votos de los delegados electorales. Atentado que finalmente no cruzó los límites de la legalidad; solo se trató de protestas y movilizaciones por conflictos políticos propios de las democracias.

Aun cuando no se alcanzaron los objetivos y propósitos de los manifestantes, tampoco se logró la suspensión de la sesión del Parlamento que debía ratificar el conteo de votos electorales que dieron el triunfo a Joe Biden a la presidencia; esta se llevó acabo a las 3:00 a. m. del día siguiente. No obstante, algunos políticos de los partidos demócrata y republicano, juristas, mandatarios de distintos países, académicos, investigadores sociales, no tardaron en condenar el asalto del 6 de enero como “insurrección” contra la democracia estadounidense. No todas fueron similares ni unánimes, incluso algunas fueron discrepantes. Un buen número de Estados reprocharon la toma del Capitolio calificándola de insurrección, sedición, asonada, y hasta intento de autogolpe de Estado. Unos más, los enfrentados permanentemente con los E.U., la consideraron como síntoma que devela la crisis y la pobreza, no de la economía, sino de la democracia norteamericana, (desigualdad, racismo estructural e inequidad). Otros países con democracias desarrolladas la calificaron como movilizaciones, marchas y protestas por fanatismo político; y hasta vandalismo infiltrado. La canciller Ángela Merkel y otros destacados dirigentes políticos alcanzaron a decir que se trató de una atmósfera pesada que hizo posible esos “incidentes violentos”, señalando a Trump como el único responsable.

Los acontecimientos del 6 de enero y todas estas declaraciones ambiguas, contradictorias, infundadas, apasionadas por la ira y el fanatismo, fueron posibles gracias a los medios de comunicación y a las redes sociales; lo que es muy bueno para que los ciudadanos hagan sus propios juicios razonables. Lo grave es que nada de lo dicho allí tiene evidencia plena; como dice la justicia, son solo rumores que hay que probar. Estos hechos del 6 de enero pasado, sobre supuesta insurrección y autogolpe de Estado no han sido probados en cortes ni tribunales, ni sus presuntos autores declarados responsables. Las investigaciones apenas se están iniciando por el FBI, la fiscalía y otros órganos de control de los E.U. No obstante, y esto es lo reprochable, los medios de comunicación, en su mayoría, ya condenaron a los participantes del asalto al Capitolio. Lo que ya es una nueva frustración para el ejercicio de la democracia, condenar por rumores sensacionalistas y amarillismo periodístico. Sin ponderar que esta manifestación como cualquier otra estuvo infiltrada por fanáticos (Qanon y otros), y vándalos armados (portar armas en E.U. es legal).

Estos manifestantes sectarios y fundamentalistas no superan un número mayor a cincuenta; son los mismos que aparecen en todos los medios de comunicación y redes sociales (imágenes que repiten una y otra vez diariamente). Los mismos que ya se encuentran identificados por el FBI, y algunos de ellos ya están detenidos. Estas personas no se pueden confundir ni asimilar a la totalidad de la protesta. De acuerdo con informes de los mismos medios de comunicación, los participantes invitados por Donald Trump, pudieron alcanzar hasta cinco mil personas, que en su mayoría nada tuvieron que ver con los hechos relacionados con la supuesta insurrección o golpe de Estado. Tampoco es posible creer que un país, primera potencia mundial en armamentismo y seguridad del Estado, pueda ver amenazada su democracia por un puñado de 50 personas.

Las manifestaciones hacia el Capitolio fueron exacerbadas por ideologías supremacistas. Para ello, inicialmente, con una seguidilla de alocuciones, el presidente Trump enfureció la turba a medida que se aproximaban los comicios anunciando que “habrá fraude en las elecciones y no dejaremos que nos las roben”. En la mañana del 6 de enero el mandatario incitaba a la multitud para la toma del Capitolio, de acuerdo con informaciones de los medios y las redes sociales. Ese día el presidente arengó más de una hora ante sus seguidores reunidos en el Monumento a Washington, insistiendo sobre los supuestos fraudes electorales (que no se probaron). Atacó a los republicanos que se disponían a cumplir la ley electoral, los llamó “patéticos”, “débiles”, por negarse a detener sin evidencias el conteo de votos de la sesión del 6 de enero. Continúo incitando al odio a sus seguidores diciendo que: “es increíble por lo que tenemos que pasar y tener que hacer que tu gente luche. Si ellos no luchan (se refiere a los republicanos disidentes), tenemos que eliminar a los que no luchan”. “Caminaremos hacia el Capitolio y vitorearemos a nuestros senadores y congresistas”; y “caminaremos y estaré allí con ustedes” (promesa que el mandatario no cumplió, los dejó solos). Al tiempo que sus seguidores lo aclamaban con una fuerte y cerrada ovación como el redentor y guía de su vida y de su partido supremacista. Incitaciones similares a como lo hicieron y lo hacen los populistas de América Latina y Europa.

Para hacer incesante la furia de la turba y exacerbar sus ánimos agregó: “espero que el vicepresidente defienda el bien de nuestra constitución y el bien de nuestro país. Y si no es así, me decepcionará mucho”. “Pido luchar como demonios, porque si no, ya no van a tener país”. “Así que vamos a caminar por la Avenida Pensilvania al Capitolio, vamos a intentar darles a nuestros republicanos, a los débiles, porque los fuertes no necesitan nuestra ayuda, el tipo de amor propio y audacia que necesitan para recuperar nuestro país”. “Sé que todos los presentes pronto marcharán hacia el edifico del Capitolio para hacer oír sus voces de manera pacífica y patriótica…”  ¡Es increíble hasta dónde pudo llegar Donald Trump! Pero aun así sus ideas deben ser respetadas, como diría el maestro de la libertad de expresión: “No comparto tus ideas, pero moriría por defender tu derecho a expresarlas” (Voltaire)[1].

Desde los estados de ánimo de los manifestantes enardecidos por Trump, los acontecimientos del 6 enero no fueron un asalto para la toma del poder, pues nada de ello probó que lo fuera. Las arengas, marchas y protestas solo demuestran que se trató del ejercicio del derecho a la libertad de expresión y a la protesta, aun cuando alcanzaron tonalidades de disturbios y violencia. Excepto los cometidos por los vándalos (no más de 50): hurto, daño en propiedad pública, entre otros. Ninguno de los hechos del Capitolio responde a un plan de insurrección y mucho menos de autogolpe de Estado, solo fueron el resultado de la turba, la aglomeración, la furia espontánea y el azar de causas que allí se cruzaron, incluyendo las seis víctimas mortales, una por un proyectil de la policía que está siendo investigado. El único insuceso que ha quedado plenamente probado es la incitación a la toma del Capitolio por Donald Trump y por ello comparecerá ante el Congreso de los E.U., que ya le inició el segundo impeachment.

Que los medios de comunicación hayan preferido en su redacción editorial privilegiar los hechos como insurrección o autogolpe de Estado, en lugar de registrarlos como se iban presentando sin juicios de valor, es un fenómeno propio del poder de dominación contemporáneo a través de la información y las comunicaciones. Se dio preferencia al sensacionalismo y a la política del miedo que da rating y dividendos políticos, en lugar de someterse a la prudencia de narrar la intencionalidad real de los sujetos, que no fue otra que el resultado del ejercicio del derecho a la protesta y a la libertad de expresión. Derechos que están en inminente peligro de perderse convirtiéndose en expresiones retóricas sin contenido, solo para adornar cartas de derechos y titulares de prensa.

La manipulación de estos derechos la están registrando personalidades del mundo político como la canciller Ángela Merkel, el activista ruso Alexei Navalny, entre otros, y el mundo intelectual y académico. Consideran también que en el epílogo de estos acontecimientos se puede ver el mayor atentado contra la libertad de expresión por la nueva forma de censura global. Gestión que hoy realizan Twitter, Facebook, Instagram y demás plataformas de información y comunicación; suspendiendo, cerrando y clausurando las cuentas que se les antoje. Por ejemplo, la de Donald Trump (con más de 87 millones de seguidores), las más de 70 mil cuentas de la organización Qanon, entre otras. Que, independientemente del contenido político de su red social, de derecha o de izquierda, tienen el derecho a la libertad de expresión sin censura. Y si hoy se censura a estas personas, después será cualquiera. Así sucede con el expresidente Uribe de Colombia, el mandatario de Venezuela, y otros dirigentes políticos que también están siendo censurados por sus ideas políticas.

Esta nueva forma de censura privada (la más grande en la historia) abre la polémica sobre el peligro en el que está el derecho a la libertad de expresión y la protesta. Ya no solo son los dictadores, gobiernos de derecha, de democracias iliberales y de legalismos autoritarios los que censuran, y que aún se pueden controlar con la justicia, sino que se trata de nuevos actores del poder político privado que se abrogan el derecho de censurar por supuesta perturbación del orden público y la seguridad nacional, sin intervención judicial, desplazando al Estado: las plataformas digitales, las redes sociales.

[1] Frase que se le atribuye erróneamente al ilustrado francés, pero en realidad es de su biógrafa británica Evelyn Beatrice Hall, quien la escribió en 1906. Recuperado de: https://www.lavanguardia.com/politica/20130124/54362330629/cita-voltaire-junqueras-dijo-camacho.html

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