El debate presidencial en E.U.: un adiós a la ética pública

El debate presidencial en E.U.: un adiós a la ética pública

Siendo aliados estratégicos en mayor o menor grado de las campañas del sistema, su impostura de independencia hoy es cada vez más evidente.

“Los políticos son los seres de quienes más dependemos para nuestra  vida cotidiana, pero en los que menos confiamos. Algunos como Churchill nos salvaron del mal, otros nos han sumido en él. El discurso político y, en especial, el discurso populista, que inundó Europa en el siglo XX y ahora  recorre cual fantasma estos años los predios de Latinoamérica y se mete en nuestras casas por la ventana de los medios de comunicación, es oscuro y engañoso. Cual Loreley, nos canta, nos distrae, nos oculta la realidad. Bajo el pretexto de mejorar las condiciones de vida del pueblo que lo lleva al poder, promete regalar paz, dinero y felicidad; y nos casamos con ellos en el altar de las urnas electorales sin saber lo que nos espera al día siguiente”. Luisa A. Messina Fajardo.[1]

POR MIGUEL RUJANA QUINTERO

Director de Investigaciones  

Universidad del Sinú extensión Bogotá

 El debate entre el actual mandatario Donald Trump y el exvicepresidente Joe Biden, del pasado 29-09-2020, por la presidencia de los Estados Unidos, ha sido el más polémico y controversial de todos los celebrados hasta hoy. No solo porque se trató de un encuentro descompuesto, descortés, atrevido y ofensivo sino porque devela con claridad que de lo que se trata hoy en la política estadounidense, no es el debate de las ideas por el bien común sino de un pugilato por el primer cargo de la nación. También puso en evidencia los altos niveles de hipocresía de los medios de comunicación que apuestan por su doble interés: informadores de la realidad formal (manotazos y gestos) y encubridores de la realidad material (intrigas y estrategias para ganar).

Ningún medio de información encontró siquiera una señal de cordialidad y respeto. Al día siguiente de la confrontación los importantes medios de comunicación registraron que el debate fue descortés, ofensivo y hasta humillante.

The New York Times tituló: «con conversaciones cruzadas, mentiras y burlas, Trump pisoteó el decoro en un debate con Biden»; interrumpió a Biden “cada vez que hablaba». Señaló el medio que solo “gritos, interrupciones e incoherencias fueron la constante”; “Trump vapuleaba y se burlaba tanto de su rival como del moderador”.

El Washington Post tituló: «Trump sumergió el debate en feroces riñas»; “interrumpió e insultó incesantemente a Biden». El periódico calificó el debate como un «espectáculo incontrolable de acoso e intimidación».

Los Ángeles Times destacó el “tono del debate” y «la desinformación» como insólita; señaló que se trató de «una noche de insultos y acusaciones”; que “ninguno de los dos salió ileso de la noche»; que «Biden arremetió contra el presidente varias veces diciendo: «¿Quieres callarte?”; que en un momento del debate lo llamó “payaso”.

The Wall Street Jornal señaló que se trató de una jornada marcada «por interrupciones e insultos de ambos candidatos»; que Biden calificó a Trump como «el peor presidente de Estados Unidos».

USA Today destacó que «…el encuentro solo sirvió para cuestionarse recíprocamente la inteligencia; que Trump interrumpió setenta veces a Biden y este lo llamó “payaso”. Los medios norteamericanos y los internacionales fueron unánimes al señalar que las propuestas e ideas programáticas fueron las grandes perdedoras por ausentes del debate.

Si bien la política se sustenta en el diálogo también es un simulacro de combate; del mismo modo que lo hacían los antiguos que organizaban torneos de oratoria y el público presenciaba, aplaudía y aclamaba a los vencedores. Aquel debate político, creído, romántico, legítimo y honesto es obra del pasado. Aquellos oradores dotados de la palabra, la persuasión y la retórica por defender contenidos para el bien común, son piezas de museo. Hoy pululan los candidatos y líderes políticos hechos en grandes factorías de marketing electoral de la que hacen parte los medios de comunicación. El producto final (el candidato) tiene asegurado el triunfo si cumple la regla de oro: hacer énfasis superlativo en “ley y orden”, y en crecimiento económico. En consecuencia, adiós a las libertades individuales, de asociación, de protesta; a la ética, a la ética de la cordialidad y del decoro, a la ética de la hospitalidad, a la honestidad y al respeto.

La palabra que en la antigüedad se ofrecía al público en el Ágora, en el mercado, en la plaza, en el café, en la calle, es decir uno a uno, ya no es rentable electoralmente. Hoy se ofrece a millones de espectadores a través de los medios masivos de comunicación y los nuevos medios, que representan un factor multiplicador de votos. Ahora el candidato entra en cuerpo ajeno convertido en un ventrílocuo para hacerse al poder de acuerdo con los parámetros que determinan los asesores de campaña y de imagen, que son los mercaderes de los nuevos “valores”: la rentabilidad, la ley y el orden.

El candidato de estos tiempos difícilmente se encuentra cara a cara con su electorado; las distancias, la velocidad y lo multimillonario de las campañas hacen imposible el trato afectuoso y directo. Hoy es obligatorio que la campaña alcance a multitudes, que los mensajes de “ley y orden” se multipliquen exponencialmente; y el vehículo ideal: los medios y los nuevos medios. En el mercado electoral la mayor rentabilidad la ofrece quien apuesta por el combate televisivo. La televisión les ofrece reproducir en directo los enfrentamientos verbales, las interrupciones, improperios y descortesía, entre otros, que son los objetivos de mayor riqueza electoral.

La utilización de los medios masivos de comunicación para difundir los debates políticos genera una situación contractual dramatizada. Esto es, que la palabra en sí y su contenido, pasa a ser solo uno de los elementos dentro de los escenarios programados por los nuevos asesores de la comunicación y ejecutados por los actores políticos. Es decir que la persona humana del candidato y sus ideas son tan solo un elemento del engranaje electoral, pues se debe someter a las reglas y parámetros de las factorías electorales. En este contrato la empresa electoral es mucho más que el individuo del candidato, en eso consiste el nuevo contrato: que el individuo cuenta poco.

El debate político pasado, como todos en el mundo, se desarrolló de acuerdo con las exigencias del espectáculo. Contó con una ambientación previamente diseñada para provocar un reflejo de arena y sangre. Simbólicamente se esperaba que sucediera la muerte de uno de los contrincantes[1]. De acuerdo con las encuestas Biden resulto ganador, a pesar de que Trump declaró su triunfo.

Los medios de comunicación y los jefes de campaña crean importantes teatros de operaciones para desarrollar allí las estrategias que conduzcan hacia la convocatoria y adhesión del electorado. Entre las escogidas principalmente para este debate estuvieron la definición del perfil y el papel que juegan los candidatos en la arena política. Allí fueron descritos, comentados y amplificados sus perfiles durante los días que precedieron al debate. Trump, actual presidente de los E. U., fue presentado como moderno, exitoso, ambicioso, desafiante y defensor del lema “primero Estados Unidos”. Biden, fue presentado como senador por más de 40 años, y como líder del partido demócrata. Representante de la renovación, la habilidad, la experiencia, la decencia en la política y la voluntad de reconquistar del poder.

Ambientado el debate por los medios de comunicación y las redes sociales, con espacios publicitarios alusivos a las campañas y anunciando a los candidatos como auténticos representantes de la hostil confrontación, los organizadores del certamen lograron convocar a una audiencia de más 70 millones de televidentes dispuestos a renovar los votos por sus candidatos.

En este debate pocas cosas fueron dejadas al azar por los artífices de la industria electoral. La cámara con su ojo escrutador hizo resaltar los detalles y facilitó el suspenso (lenguaje gestual de rabia, desconsuelo, asombro e incertidumbre por el rapto de la palabra que se vio más de setenta veces). No faltó el drama del combate que fue creado como la realidad misma a través de la palabra: se cuestionó la inteligencia, se sugirió incapacidad moral y hasta física causando lástima y, en otro sentido, temor y horror. También el entrevistador fue subestimado y maltratado moral y profesionalmente, provocando hasta vergüenza ajena.

Todo estaba puesto al servicio de la escenografía. Los protocolos de bioseguridad al orden del día: la ubicación de las sillas con el debido distanciamiento social; los atriles de los candidatos simétricamente ubicados; la iluminación, un claro oscuro propio de las escenas cinematográficas; los focos de luz se posaban sobre el candidato al momento del uso de la palabra. El juego de las cámaras captaba los movimientos faciales y los gestos de las manos, (el rostro adusto, irónico y desafiante de Trump vs. el rostro apacible y desconcertado de Biden). El uso del zoom y sus encuadres daban mayor o menor realce a la retórica visual del candidato. ¡Todo un desastre de imagen, atestiguaba el zoom! La intencionalidad de los oradores buscaba llegar a ciertos televidentes como se diseñó por los actores electorales. No estaba dirigido a sus partidarios y ni siquiera a sus adversarios, estaba orientado a los indecisos; aunque el discurso estuviera dirigido a englobar el auditorio.

Las prácticas ancestrales de oradores y sofistas fueron y son algunas de las estrategias impuestas por los asesores de las campañas Trump – Biden para captar al televidente indeciso. Se han considerado hasta hoy de gran utilidad y alternan con las estrategias de los teatros electorales contemporáneos: poner en contradicción al antagonista, desestabilizarlo emocionalmente, descalificarlo, mostrar su falta de coherencia, la falsedad de su realidad, etc. Estas estrategias son la radiografía perfecta del debate presidencial Biden – Trump, como se puede leer en los registros que hicieron los principales medios de comunicación antes citados. Allí la apariencia se hizo valer más que la esencia: fuerte y tirano, más que justo, conciliador y resiliente. La imagen más que las ideas; la forma más que el contenido. La retórica estuvo destinada a producir impacto (discurso de ley, y orden, crecimiento y mercado); y a convencer acallando el discurso del adversario (legalismo autoritario, democracia iliberal, control y seguridad vs. libertades).[2]

Esta caracterización de las campañas electorales contemporáneas y del discurso político vía los medios masivos de comunicación, se ha generalizado en casi todos los dominios de la política. Así está sucediendo con los partidos en E.U., en la Unión Europea, en Turquía, en Rusia, en Bielorrusia, en América Latina; y también en Colombia; y este país se apresta, se está viendo, para sacar el primer puesto en el próximo certamen electoral de imagen del espectáculo que se avecina, también como defensor de la ley y el orden. El conjunto de los comportamientos de los hombres políticos se encuentra hoy en día delimitado por las reglas del espectáculo. Incluso, la gestualidad se ha transformado para adaptarse a los nuevos cánones.  En adelante no se verá líderes agitando banderas por ideas de progreso social y desarrollo humano, desarrollo sostenible sobre biodiversidad y servicios de los ecosistemas; ni defensores de las libertades individuales, del derecho a la asociación y la protesta, la diversidad cultural, el multiculturalismo, la inclusión social ni acerca de la posibilidad para que los ciudadanos puedan desafiar las leyes por injustas o por inconstitucionales.

[1] Recuperado de:  El discurso político como arte de persuasión y acción social. Luisa A. Messina Fajardo. Peter Lang. Alemania.

[2] Recuperado de: Estudios sobre el discurso político. Alexandre Dorna. Université de París.

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