Me apropio del título de esta serie española producida por Netflix donde se fabrica papel moneda, para referirme a otra casa la de un dramaturgo e historiador, en la cual el papel se transformó en libro,“una extensión de la memoria y de la imaginación”, según el poeta argentino Jorge Luis Borges.

Por: Joaquín Reyes Posada
Fotos: JRP y Archivo familiar
Dedico este trabajo editorial a mi inolvidable hermano Carlos José Reyes Posada, fallecido el 15 de septiembre de 2024. Dramaturgo, libretista, director de teatro, historiador riguroso, exdirector durante 12 años de la Biblioteca Nacional de Colombia nombrado por el primer ministro de Cultura Ramiro Osorio. En vida no dudó un instante en transformar su vivienda ubicada al norte de Bogotá en lo que me permito llamar también Casa Libro, hogar de más de 13.000 volúmenes debidamente catalogados por temas y autores.

Por voluntad propia, antes de morir, delegó en sus hijos la tarea de donar su valiosa colección a la Biblioteca Nacional, por considerar que se trataba de la mejor opción en beneficio de los ciudadanos. Expertos de dicha entidad analizaron la oferta y recibieron algo más de 8.000 volúmenes entre libros, álbumes con recortes de prensa, documentos y escritos suyos sobre teatro e historia. Hoy día constituyen el Fondo Bibliográfico Carlos José Reyes.
En las paredes de su apartamento de 220 metros cuadrados, instaló muebles de biblioteca fabricados con maderas finas y resistentes, entre ellas seis lujosas que adquirió en subasta organizada por la Embajada de Estados Unidos en Colombia. No había pared que se escapara de dichos muebles llenos de libros, enciclopedias importantes de casas editoriales famosas. En algunas colocaba portarretratos con las fotos familiares más apreciadas, acompañados por lindas piezas de artesanía.
Cuando pillaba algún libro con cierto deterioro, de inmediato lo retiraba para mandarlo arreglar con lujosos empastados que al retornar a su lugar de origen generaban unidad de estilo y belleza. Los libros fueron su grata compañía, la razón de su existencia, patrimonio cultural e intelectual, material para enseñar a sus hijos el valor de la lectura y la investigación bibliográfica. En las cuatro habitaciones ubicaba bibliotecas, en una de ellas bastante grande, funcionó su oficina privada llena de colecciones enciclopédicas, carpetas con documentos de trabajo. En el hall de alcobas más estantes con libros de temas diversos, teatro, literatura, filosofía, biografías, sociología, libros especiales y novedosos. En un estudio ubicado a la entrada, una valiosa videoteca con miles de películas de todos los géneros, cintas de VHS, Betamax y Video 8 / Hi8 clasificadas y ordenadas por temas en un orden riguroso para facilitar su búsqueda. Recuerdo cuando invitaba a los hermanos a cineclubs con posterior análisis y comentarios, especialmente los de él.
En los únicos espacios de su vivienda que no puso libros, fue en los baños por temor a que la humedad pudiera arruinarlos, tampoco en la cocina, aunque allí, en uno de sus estantes, colocó algunos libros de gastronomía excelsa, recetas de la cocina colombiana, española, francesa y mediterránea. Cuando se encerraba en su oficina a trabajar, los libros establecían en comunicación con él y en ellos se inspiraba. Se sentaba a escribir y cada vez que los miraba, amaba más su quehacer cotidiano en el silencio sacrosanto que requería para adelantar su labor creativa, sólo interrumpido por alguna pieza musical del repertorio barroco o clásico que escuchaba a un volumen calibrado mientras adelantaba sus escritos e investigaciones.
En la sala principal, instaló de pared a pared, en un área aproximada de más de 6 metros, una portentosa biblioteca que imponía respeto por la historia y la vida cultural. Un tercer título para esta vivienda podría ser La Casa de la Cultura. En todo el centro, una chimenea elegante y encima de ella un cuadro de Coronaldi, famoso pintor italiano que perteneció a su abuelo, luego a sus padres y al final lo recibió como herencia de Alicia su madre. La ordenada disposición de los muebles y bibliotecas daban un aspecto muy agradable.
En los muchos encuentros familiares se percibía un ambiente acogedor ideal para conversar y compartir. Dicha sala podía ser ocupada por más de veinte invitados cómodamente recibidos. Los libros proporcionaban calor de hogar y la decoración un gusto para los ojos. Un día en que habíamos sido invitados a cenar, le pregunté a Carlos José si disponía de alcoba para huéspedes. Me miró con cierta picardía y me dijo: “Claro que sí, tengo cuatro para alojar a mis casi 13.000 fieles amigos, ya sabe a qué me refiero”. “Por supuesto”, – le dije, admirado ante semejante respuesta, su apartamento convertido para los huéspedes en una verdadera Posada de Reyes.



