Hoy la multiplicación de videos, podcasts, noticias y publicaciones ha llevado a un escenario en el que tener acceso a más información no necesariamente significa poder procesarla mejor.
En las aulas universitarias, esta situación puede hacerse visible en comportamientos cotidianos. Dificultades para procesar una explicación, necesidad de repetir instrucciones, problemas para concentrarse en una actividad o cansancio durante las jornadas académicas son algunas de las señales que observa Diana Lorena Ortega Valencia, docente de Comunicación Audiovisual de la Fundación Universitaria del Área Andina, Pereira.
Para la docente, la denominada fatiga de la atención puede entenderse como “el exceso de uso de recursos mentales para evitar prestar atención a lo que se requiere hacer en un momento”. El fenómeno plantea un desafío adicional: ¿qué ocurre cuando las personas ya no necesitan más contenidos, sino mejores formas de elegirlos?
En ese escenario aparecen los curadores independientes y los creadores de nicho, que construyen relaciones más directas con sus comunidades mediante formatos como newsletters, canales de información y plataformas de suscripción. No obstante, la docente señala que estos espacios no necesariamente responden de la misma manera a las necesidades de las audiencias jóvenes, particularmente entre los 18 y 24 años, cuyo consumo continúa fuertemente relacionado con lo visual, el entretenimiento y las tendencias.
Por eso, una alternativa para los nuevos creadores puede estar en encontrar comunidades específicas. “Apelar al micro nicho, es decir, la hiper especialización del contenido”, es una de las posibilidades que identifica Ortega. La otra es construir desde la autenticidad, más allá de limitarse a conocer las reglas de funcionamiento de las plataformas.
Esta búsqueda también puede explicar el interés por formatos audiovisuales más pausados. En el ámbito universitario, la docente encuentra estudiantes que agradecen el material audiovisual frente a textos académicos extensos, mientras identifica también a quienes experimentan un cansancio asociado al consumo digital y buscan disminuir la ansiedad producida por el flujo constante de estímulos.
El problema no es únicamente la cantidad de información disponible. La saturación también puede afectar la manera en que las audiencias recuerdan y procesan acontecimientos de gravedad. Ante una exposición permanente, explica Ortega, puede aparecer la necesidad de bloquear la sobreestimulación y terminar ignorando u olvidando acontecimientos que generan impacto.
En este contexto, la solución tampoco puede reducirse a crear contenidos exclusivos para quienes puedan pagarlos. Para la docente, el modelo de suscripción no puede ser la única alternativa para financiar el periodismo, porque puede generar un problema de acceso y, con ello, un sesgo entre las audiencias que pueden acceder a determinada información y quienes no.
Por eso, la alfabetización mediática adquiere un papel central. Ya no se trata solamente de aprender a buscar información, sino también de desarrollar herramientas para relacionarse de manera crítica con una oferta prácticamente inagotable. Para Ortega, el trabajo comunitario puede convertirse en una vía efectiva para ampliar esa alfabetización cuando los medios tradicionales deciden ignorarla.
En una época marcada por la abundancia, el reto de la comunicación podría estar dejando de ser cómo producir más y pasando a ser cómo ayudar a las personas a elegir, comprender y procesar mejor aquello que consumen. La especialización y la alfabetización mediática aparecen así como caminos para recuperar algo que la saturación digital puede estar debilitando: la capacidad de prestar atención.

