Mil gracias padre, mil gracias padrecito

Mil gracias padre, mil gracias padrecito

Una sentida semblanza de despedida para don Eleázar Romero Corredor, quien partió al encuentro con el Padre Celestial, ayer 16 de febrero. La escribe su hijo, el periodista Guillermo Romero Salamanca, director de Pantallazos Noticias, amigo y colega muy querido en el equipo editorial de la Revista MOMENTOS. Extendemos nuestras sentidas condolencias a esta entrañable familia.

Por Guillermo Romero Salamanca

Bogotá, 17 de febrero de 2022. El 3 de agosto de 1958, mientras caía agua en la pila de la parroquia de Santa Bárbara en Usaquén, el sacerdote manifestaba: “Yo te bautizo Guillermo Antonio, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”.

Fueron padrinos Miguel Alejandro Romero y Aura Cecilia Corredor de Romero.

Un mes antes la criatura había visto el mundo en Bogotá y su padre, don Eleázar Romero Corredor, parecía ser el hombre más feliz de la tierra.

No sé en qué estaría pensando mi padre al bautizarme como Guillermo Antonio si nunca me llamó de esa manera. Recuerdo que me decía Guillo, Guiller, mijo, chino, chinito, oiga usted o hasta Antuco, pero no me nombraba como estaba en la partida de Bautismo. Igual pasó con mi hermana Claudia Esperanza a quien le decía “mi negra”, “mi Caya”, “Cayita” o Chinita. Con Andrés, el último de sus críos le puso “mononi” o “mitón”.

Mi padre salió un día de Sotaquirá, Boyacá, con el sueño colombiano de trabajar en la capital de la república. Llegó a Usaquén donde laboró por muchos años en Telas Huatay de la familia Vivas. Fue allí donde con sus manos tejió los paños azul petróleo con los cuales cubrieron las paredes del Apolo 11 que llegó a la Luna.

Mi padre fue un experto tejedor. Hacía desde cobijas, ruanas, hasta finos paños en shantú, con hilos de seda dorada, en empresas como Nemqueteba y Jim Amaral, entre otras.

Fue único para todo: un solo Dios, una sola fe y una sola verdad. Una sola familia. Un solo juego –el tejo- un solo amor, un solo país y una honestidad a carta cabal. “No le debo un peso a nadie”, decía a cada rato, nunca cayó en las trampas bancarias de las cuentas de ahorro o en las peligrosas tarjetas de crédito.

De niños, como no había televisión, sino escasamente un radio Philips rojo en el cual escuchábamos a doña Rita, los Chaparrines y Contrapunto, entonces nos divertía con sus historias infantiles, sus aventuras siendo profesor o nos ponía a cantar, a tocar batería con los cubiertos o a decir discursos parados en un viejo baúl.

Para el mundo de hoy, mi padre fue un hombre extraño. No era como el común de la gente. Era un hombre servicial, atento, cordial, amable, respetuoso y no le podían pedir un favor porque hacía hasta lo imposible por cumplirlo. Cuando viajábamos en bus siempre se levantó para darle el puesto a una dama o, incluso, a una niña. Nunca entendió lo de las sillas azules en los buses y por eso sólo montó una vez en Transmilenio.

Hombre de buen humor, sencillo, admirador de Pedro Infante y Jorge Negrete. Así como cantaba “La Calandria”, también se despachaba con “Hurí”. Bailador a su manera. “Uno tiene que bailar como le indiquen los pies, lo demás viene por añadidura”, decía. Por eso un bolero, una cumbia, una salsa, un merengue, un porro sólo tenían su estilo, pero le gustaba gozarse a sus parejas con sus pasos atravesados.

Veía una y otra vez las películas de Cantinflas. No fue muy fanático de los noticieros ni de las novelas. Le gustaba escuchar antes que hablar.

Lo vi llorar con la muerte de su madre, doña Hossana y luego cuando partieron de uno en uno sus hermanos Miguel, Rosa, Josefina, Albenio y Luis.

Lo vi jugar con sus nietos Lina María y Juan Guillermo. Escuchaba cómo conversaba su bisnieta Isabella y soñaba con conocer a Rohan y a Mila.

En una oportunidad tuvo un gallo de pelea. Era un arisco y colorado animal. Lo llevó a una gallera y se enfrentó a un palomo. La contienda terminó con uno de los ojos del adversario en el suelo y con fuertes picotazos. Ganó. Le dieron 150 pesos por el ave.

Cuando le preguntamos sobre el por qué había vendido al campeón, nos dijo: “¿se imaginan donde no salga de esa bestia? ¡Quién sabe qué nos hace!” y hasta ahí llegó su experiencia como gallero.

No fue fanático del fútbol ni de la Selección. “Eso es sólo para peleas, heridos y muertos”. No entendió la política porque “eso para fomentar odios, sacar resentimientos y no vivir en paz con el vecino”.

Nunca me regañó ni recibí castigo alguno de su parte. Sólo con verle la mirada bastaba. Con una indicación de su ceño era suficiente para hacer una tarea. No le gustaba repetir dos veces una orden.

Hace 20 años su corazón comenzó a jugarle malas pasadas, lo mismo que sus problemas vasculares. Después de tejer tantas telas el costo fue superior. Ya no era el mismo. Le dolían las piernas, él cuello y la espalda. Sólo se suavizaban cuando le daba yo fuertes abrazos. A veces lo despeinaba y entonces me miraba de mal genio. Cuando lo visitaba y no le dejaba los pelos de un lado a otro, le decía a mi mamá: “¿Qué le pasa al Guiller que no me tocó la cabeza?” y lo grave, se preocupaba por ese detalle.

Sus males fueron creciendo uno a uno y debido al cuidado de mi madre, doña Eumelia, llegó a los 87 años. Este 16 de febrero –un día después de celebrar sus 64 años de matrimonio—pidió perdón por sus errores y nos dijo: “los quiero mucho”.

Con su camándula en la mano expiró y marchó al lugar de los justos. Mil gracias Padre, mil gracias Padrecito.

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