Ilustramos el poema con las bellas intervenciones de la obra de Van Goth pintadas por el poeta Héctor Cediel.
FOTO JUAN CARLOS GUERRERO BELTRÁN

I
Dicen que la vida empieza
como empieza la mañana,
sin un mapa entre las manos
ni una brújula que manda.
Nacemos con la mirada
llena de asombro y de cielo,
con la pregunta en los labios
de quién soy y a dónde llego.
Éramos niños descalzos
corriendo tras la alegría,
descubriendo en cada esquina
un secreto de la vida.
Estribillo
Y así comienza el viaje
sin saber dónde termina,
con el corazón abierto
y el alma recién nacida.
Vamos cruzando caminos
con la esperanza encendida,
aprendiendo paso a paso
el misterio de la vida.
II
Cada cual lleva a la espalda
una mochila invisible:
los consejos de la abuela,
los temores que nos dicen.
Hay recuerdos que nos pesan
como piedras en el río,
y sueños que nos empujan
cuando el mundo va vacío.
En la mochila guardamos
lo que el tiempo nos confía:
un puñado de esperanza
y alguna melancolía.
III
Y después vienen los cruces
donde el destino se asoma,
donde elegir un sendero
cambia el rumbo de la historia.
Unos caminos nos pierden,
otros nos hacen más sabios,
porque incluso los errores
van enseñando despacio.
La vida es ese misterio
de elegir sin garantías,
entre lo que el alma quiere
y lo que el miedo diría.
Estribillo
Y así seguimos el viaje
entre dudas y partidas,
con la risa entre los labios
y alguna herida escondida.
Pero cada paso dado
va escribiendo nuestra vida,
como versos que el destino
canta al borde de la orilla.
IV
Nadie camina este mundo
sin compañía en la ruta:
unos llegan para siempre,
otros pasan y nos cruzan.
Van la familia y los amigos
como faros en la bruma,
y un amor que nos desvela
cuando el alma se desnuda.
Pero hay viajeros fugaces
que nos cambian la mirada,
y se marchan en silencio
dejando luz en el alma.
V
Y también vienen tormentas
que nos rompen los caminos,
la tristeza, las derrotas,
los adioses del destino.
Pero en medio de la lluvia
uno aprende lentamente
que las noches más oscuras
hacen fuerte al que resiste.
Porque a veces las heridas
son semillas escondidas
que florecen con el tiempo
en la tierra de la vida.
VI
Luego llegan los paisajes
que transforman la mirada:
un amor que nos despierta,
una voz recién llegada.
Tal vez un hijo en los brazos,
o un sueño vuelto destino,
o ese instante en que sentimos
que el alma encontró su sitio.
Son los ríos invisibles
que nos cruzan cada día
y nos cambian para siempre
sin pedirnos la partida.
VII
Y al final del largo viaje
uno aprende a detenerse,
a mirar los viejos pasos
y entender lo que sucede.
Agradecer lo vivido,
perdonarse las caídas,
descubrir que cada error
también fue maestro un día.
Porque el tiempo va sembrando
en silencio y sin prisa
una forma más serena
de abrazar a la vida.
VIII – Final
Y quizá la gran pregunta
no es llegar a la victoria,
sino amar mientras caminamos
por los renglones de la historia.
Porque el viaje verdadero
no termina en la partida:
vive en todo lo que damos
y en quien guarda nuestra vida.
Cuando llegue el horizonte
y se apague la brisa,
será solo otro regreso
al misterio de la vida.
Estribillo final
La vida es un camino
de estaciones y de heridas,
de puentes y despedidas
y canciones compartidas.
Y si algo queda al marcharnos
cuando el viaje se termina,
será el amor que dejamos
floreciendo en otras vidas.
Héctor Cediel Guzmán
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