“Son tus cartas mi esperanza,
Mis temores mi alegría
Y aunque sean tonterías,
Escríbeme, escríbeme.
Tu silencio me acongoja
Me preocupa y predispone,
Y aunque sea con borrones
Escríbeme, escríbeme”.
(Letra de la canción Escríbeme de Alfredo Sadel)

Por: Joaquín Reyes Posada
Fotos: Pixabay y Archivo personal
Si algo añoramos quienes nos encontramos en la juventud de la vejez, es la desaparición de las cartas como medio de comunicación. Agradezco a Luz María Rubio, una de mis lectoras más asiduas y disciplinadas, por la sugerencia que me hizo para que escribiera sobre este tema, que ella recuerda desde niña cuando a su casa se acercaba el cartero haciendo sonar un pito avisando la llegada del correo.
Estoy en modo nostalgia por mis recuerdos en torno a la escritura de cartas. Cartas en el asunto es el título de un conjunto de fotocopias empastadas con lujo en un libro atractivo, que contiene la correspondencia que mi hermano mayor envió y recibió en su recorrido por Europa para asistir en París a espectáculos teatrales, encuentros con dramaturgos, visita a las salas de teatro más famosas, misivas afectuosas de ida y vuelta a mis padres y a nosotros sus hermanos. Otro recuerdo inolvidable es el mensaje que le escribí a mi esposa desde antes de formalizar un noviazgo. Salía con ella y en un Coffe Shop le escribí en una servilleta un texto romántico dándole a entender mis sentimientos hacia ella, servicarta que a la fecha conserva celosamente en una caja con el resto de su correspondencia.
En otro caso, acudí al papel y al sobre para escribirle a una entrañable amiga que viajó por un tiempo prolongado a estudiar a Estados Unidos. Eliana se llama y actualmente es profesora de Literatura en la Universidad del Valle en Cali. Durante varios meses nos dedicamos a enviar y recibir las esquelas, las de ella con aroma de perfume en el sobre. Para que la ansiedad por la llegada de cada carta no fuera tan fuerte, le escribía dos veces por semana, así tendría la ilusión de recibir sus respuestas con una frecuencia más cercana. No quería frustrarme, entendía la angustia de Aureliano Buendía, no deseaba ser el coronel que no tiene quien le escriba.
Las cartas de Eliana me llegaban con una frecuencia regular. Pero poco a poco esa periodicidad se fue dilatando en el tiempo hasta desaparecer por completo. Nunca volvieron a llegar a mi puerta. A ella la volví a ver 30 años después en una cena donde fuimos invitados por una prima suya. Ninguno de los dos tocó el tema de aquella romántica correspondencia. “Déje así” pensé recordando el show Sopa de Letras de Andrés López. Pero el recuerdo afloró recientemente mientras escribía este artículo. Me levanté del escritorio y fui a mi mesa de noche en busca de las cartas para tomarles una foto e ilustrar el presente tema, con la increíble sorpresa de que el toque de varita mágica las había desaparecido. Supe quién era la maga experta en ilusionismo. Cerré el cajón y regresé para continuar escribiendo.
El correo en mis tiempos de juventud, textos empleados a título personal con secretos contenidos de amor o amistad, comunicación empresarial y negocios, cartas comerciales o cualquier otro tipo de temas, escritas a mano en hojas de papel y envueltas en sobres blancos con franjas de color azul y rojo en los bordes, era el más usual de los medios de comunicación. También el uso de marconis o telegramas cuyos mensajes lacónicos y breves, una o dos líneas, enviados desde la oficina de Telecom en Chapinero, eran más rápidos y baratos. Dos líneas y pocas palabras.
Las cartas tienen una historia tan antigua como la escritura. Su origen se remonta a la época antigua con más de 5.000 años, en las regiones donde surgieron avanzadas civilizaciones, Egipto, Mesopotamia, las más sobresalientes. Se escribía en tablillas de arcilla en un comienzo, luego en hojas de papiro que se envolvían para ser enviadas a un destinatario. El mundo antiguo y clásico con Grecia y Roma a la vanguardia tenían un correo fluido, dando inicio al género epistolar liderado por filósofos y escritores de la talla de Séneca, Cicerón o Demóstenes entre otros. Más tarde, en el siglo XVII las cartas dieron origen a una red social que aprovechó el invento del papel para expresarse en forma de comunicación humana. La educación y el conocimiento estimularon la circulación cada vez más frecuente de cartas de toda índole. Fue necesario entonces organizar rutas de servicios postales, personas dedicadas a llevar y traer los correos, unas veces a pie en largas jornadas o a lomo de animales de carga como el caballo.

Desde el punto de vista de los contenidos, se establecían varios géneros, cartas de aviso, cartas de amor llenas de romanticismo, cartas de despedida, de tipo familiar para parientes, cartas de recomendación, cartas entre amigos, cada una con estilos propios y definidos de redacción y la manera de encabezarlas mediante fórmulas ensayadas. La caligrafía, los tipos de letra y la calidad del papel definían la intención del remitente. Las cartas debían plegarse, en el sobre escribir el nombre del destinatario, cerrarlas con un sello especial de lacre, sustancia caliente adherida para un pegue seguro. En tiempos más cercanos los sobres llevaban al dorso una tapa en cuyo borde era necesario humedecer con la lengua para activar el pegante.
En esta época de inatajable avance en las tecnologías de la comunicación, los correos electrónicos a través de Internet y el WhatsApp, han sepultado para siempre las cartas escritas a mano o en máquina Remington. Los textos recorren el espectro electromagnético a través de ondas hertzianas, son enviados con un lenguaje directo y cotidiano de respuesta inmediata, escritos en la pantalla del computador o en la de los celulares. Los jóvenes especialmente, con habilidad mecanográfica que hubiera sorprendido a los escribanos de la edad media, pulsan sobre la superficie táctil a dos manos y con los dedos gordos, sus mensajes acompañados de imágenes y sonido. Las de amor sucumbieron para ellos saborizadas de cursilería.
La comunicación actual viaja a la velocidad de la luz acelerando la resolución de problemas empresariales o comerciales, de gestión política nacional o internacional, la necesidad de enviar mensajes de solidaridad, de pésame por un fallecimiento, felicitación por alguna fecha importante, onomásticos, grados escolares o universitarios, nacimientos, ascensos laborales, en fin, cuanta situación requiera la expresión de mensajes humanos.
Las cartas son cartas y es mejor leerlas sintiendo la textura vegetal de papel. Guardarlas, coleccionarlas como un valioso tesoro. Leerlas en la pantalla de un computador crea una distancia, se vuelven impersonales, no emocionan igual. Hagan el ejercicio estimados lectores, escriban una carta a la novia, a la esposa, a la madre o a algún amigo íntimo, experimenten la emoción de tomar un estilógrafo y decirle lo que sienten, expresarles su afecto, contarle alguna historia. Creo que producirá un efecto positivo, más aún si el destinatario toma la decisión de responderle en reciprocidad o por simple consideración. Haga la prueba, nada pierden.

