Fiel a mi tarea como investigador de rescatar para la memoria aquellos episodios y protagonistas desconocidos o a punto de ser olvidados, presento en esta oportunidad a mis fieles amigos de la Revista MOMENTOS la biografía de aquella mujer castellana que fue la primera virreina en las Indias, luego de desposar por real voluntad de los Reyes Católicos a don Diego Colón.
POR LUIS BENJAMÍN CEDIEL
A comienzos del S. XVI, en 1490, nació esta dama de noble cuna y ya reconocido abolengo por ser sobrina-nieta del duque de Alba, con cuya vida casi olvidada se inicia la presencia formal de ella como la primera mujer con protagonismo como súbdito del reino en el gobierno y actividad civil en las Indias.
La casa de los Álvarez de Toledo ostenta una tradición iniciada en el S. XIV por el apoyo de los señoríos de Oropesa y Valdecorneja al rey castellano Enrique II. En 1429 el obispo de Palencia y arzobispo de Sevilla y Toledo, Gutiérrez Álvarez de Toledo, obtuvo de Juan II el señorío de Alba de Tormes, localidad próxima a Salamanca, un señorío importante heredado por su sobrino Fernando Álvarez de Toledo y Sarmiento, al que Juan II convirtió en conde de Alba de Tormes en 1438; y fue con su hijo Don García Álvarez de Toledo, marqués de Coria y conde de Salvatierra, cuando el título se elevó a ducado, convirtiéndose por tanto, en el Ier duque de Alba de Tormes en 1472, por concesión de Enrique IV de Castilla. Es al II duque de Alba de Tormes, Don Fadrique Álvarez de Toledo y Enríquez, a quien el rey Carlos I de España le concedió la Grandeza de España en 1520 en reconocimiento a sus servicios al reino por sus campañas desarrolladas por la fe y en contra de los hugonotes de Francia y Flandes. Corresponde al IIIer duque de Alba, Don Fernando Álvarez de Toledo, el ser conocido como el Gran Duque de Alba. Fueron ellos quienes tuvieron mayor notoriedad histórica y la casa española que por más trescientos años tuvo protagonismo político en el reino y que sobrevive hasta estos días con protagonismo social.
Por voluntad real, los Reyes Católicos le concertaron esponsales con don Diego Colón, hijo del Gran Almirante de la Mar Océano y primer Virrey de las Indias por lo convenido en las Capitulaciones de Santa Fe. Las razones políticas de ello acaso fuera el tener acceso de primera mano sobre las maledicencias y conjuras que se desataron en contra de los Colón a partir del arribo de su primer viaje a las Indias, con todas aquellas novedades sobre aquel territorio lleno de posibilidades para el reino. Así, podían saber de primera mano acerca de las intenciones verdaderas de los Colón teniendo en su poder todas aquellas prebendas firmadas en Santa Fe. En contra de ellos pesaba el que eran genoveses, se sospechaba que eran judíos por su tradición laboral y el saber que tenían el antecedente de sus tratos anteriores con la corona de Portugal, con su arribo previo a Lisboa antes que a su puerto de partida. El reino menos extenso de Portugal en el momento llevaba una gran ventaja al Reino de Castilla, pues se había dado a sus exploraciones apenas lograda su liberación de los moros en 1338, y obtenido muy buen resultado de ello en sus conquistas en el Atlántico y África, mientras que el gran territorio de España apenas se libraba de los moros en 1492.
Se sabe que tuvo una educación esmerada para lo restringido a las mujeres de su época. Más que una historia de amor parece que respondió a una jugada maestra del rey Fernando de Aragón para ganar aquel extenso territorio logrado por el descubrimiento, según lo acordado en aquellas Capitulaciones y a fin de asegurarlo para la corona castellana.
La boda se hizo por poder y con todo un mar de por medio. Para entrever el temple de su carácter basta imaginar la aceptación de sus esponsales con este personaje completamente desconocido que residía al otro del Mare Tenebrosum, dejar las comodidades de cortesana para embarcarse a sabiendas de todas las contingencias de aquella travesía y prepararse para ingresar en una experiencia completamente inédita para los europeos. Más, a sabiendas de todas las dificultades y limitaciones que la esperaban en un territorio tan salvaje como desconocido, donde muchos ya habían encontrado el fin a sus días y tantos otros se regresaron abrumados por tantas dificultades. Ya a Portovelo, San Juan y Chagres en Panamá, bien lo conocían como “puerto retrete” por los síntomas del cólera y las fiebres de la palude o malaria que la hicieron conocer y condenar como el tenebroso “cementerio de los españoles”.
Su esposo Diego Colón ya gobernaba como el segundo Virrey de las Indias, en la línea de sucesión de su padre. En 1509 ella arribó a Santo Domingo, que era la capital de La Española y de donde se centralizaba toda la actividad para el gobierno de las Indias y se ejercía el control de todas las exploraciones y conquistas para el reino.
Apenas arribada ella, se dio a organizar aquella primera corte virreinal, y además, se dio a conocer todo su territorio recorriendo a caballo las siete provincias, las cuales eran cogobernadas por sus caciques locales; y ello incluía revisar todos los documentos y contratos que se iban oficializando por los Colón en el nombre del reino. Se impuso supervisar las obras y mandar sobre los súbditos y nativos tal como lo dispuso su reina Isabel de Castilla y de León, otra gran mujer que merece ser recordada por su formación y carácter para compartir el cogobernar su reino con su esposo Don Fernando de Aragón.
Durante las ausencias de Diego ella actuó con la mayor decisión como regente y se apersonaba de todo para poder dar cuenta puntual a los delegados por el rey. En todos estos trances aprendió de leyes y ardides para defenderse de las pretensiones de sus adversarios.
A la muerte de Don Diego Colón en 1526 y como viuda debía apersonarse de todo lo heredado para asegurar su dominio, y defender el patrimonio de sus hijos frente al Consejo de Indias. Como conocía todos los documentos, los de las propiedades y de las tierras y rentas a favor de su primogénito, el joven Luis Colón, el futuro duque de Veragua. Se dio a todo ello durante años sin dar su brazo a torcer. Algo que hubiera sido impensable para ella de no haber tenido el carácter y la educación recibida mucho más allá que el reservado a las otras damas de corte por aquellos días.
Entre ello, se dio a trasladar de regreso a La Española para su inhumación, en el territorio que les correspondía, los restos de su esposo Diego y los del Almirante. Con lo cual se dio inicio al accidentado recorrido itinerante de los restos de ambos, quienes finalmente reposan en Sevilla. Admirado el almirante por muchos y odiado por otros tantos, quienes le achacan la tragedia de las Indias, con visiones muy parroquianas para estos días en los que nos encaminamos a colonizar nuestro satélite lunar y el más cercano planeta Marte. Muchas acciones necias hemos visto de gañanes derribando las estelas, estatuas y monumentos conmemorativos de descubridores y conquistadores.
Su voz y presencia debe ser reconocida como el de la primera mujer que ejerció con toda propiedad y autoridad su papel como virreina y primera regente en las Indias.

